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Vivekananda, uno de los pensadores más influyentes en yoga del siglo XX, se preguntaba por qué sabemos tan poco sobre nuestros propios cuerpos, y apuntaba como a uno de los motivos el hecho de que nuestra atención ya no discrimina lo suficiente para llegar a captar los más sutiles movimientos internos. Pero para llegar a ese tipo de percepción, decía, hace falta empezar por las percepciones más toscas (grosser perceptions). Y el yoga como disciplina tiene un papel fundamental en todo ese recorrido.

La desconexión de las personas con respecto a su propio cuerpo se ha convertido en las últimas décadas en algo alarmante. Se tiende a pensar que quienes practican deporte están mucho más conectados con su cuerpo, y no siempre es así, ya que la manera de practicar deporte mas común en occidente es extenuarlo, llevar al cuerpo al límite de sus posibilidades, machacarlo con el objetivo de esculpir una determinada forma o sacar un rendimiento, lo cual significa haber desconectado de sus sensaciones más profundas desde el principio. Si Vivekananda volviera del sueño eterno no daría crédito.

En la concepción del yoga en origen, la meditación necesita de una preparación del cuerpo específica, de un entrenamiento, y no cualquier entrenamiento. El yoga en su interpretación física es precisamente esa preparación. Por eso sorprende ver personas que, en la posición sentada, pueden pasar supuestamente largos periodos de tiempo en meditación, salvo que estén pensando en lo bien que meditan o en la lista de la compra. Existen muy pocos cuerpos preparados para ese tipo de práctica, mucho menos en occidente. Muy pocos cuerpos que hayan trabajado la dimensión física del yoga para que les sirva de introducción a una verdadera meditación. Entendiendo la meditación, no como una pose o un estado transitorio de calma, incluso alejado de la realidad, una especie de ensoñación, si no como un estar presente y observar las fluctuaciones del pensamiento en total quietud, de manera que podamos discriminar lo suficiente como para ser capaces de vislumbrar o experimentar el estado del ser, que es permanente. 

Con esto no quiero decir que una meditación en estado de calma mientras pienso en lo a gusto que se está así, o en la cantidad de cosas que tengo que hacer después, no sea beneficiosa, por supuesto que lo es mucho más que estar pasando pantallas en el móvil, pero digamos que ese tipo de meditación es como si dices que te has bañado en el mar y apenas has mojado los dedos de los pies en la orilla de la playa. Algo que se queda bastante en la superficie del asunto. Pretender llegar a estados de meditación sin una preparación del cuerpo y sin un contexto que los acompañe, se quedaría en eso.

El yoga es el primer paso para indagar en esta y otras cuestiones desde una práctica física continuada y constante.

Feliz práctica de resurrección.

P.D: En las imágenes algunos de los preciosos tapices y pinturas de la India expuestos en el Museo Nacional de Antropología hasta hoy (20 de abril). 

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