En estos días que vamos volviendo gradualmente a la presencialidad pienso en lo importante que es un espacio compartido para la práctica del yoga y de la vida.
En cuanto al yoga, las clases online han sido y son un buen recurso para combinar con la presencialidad, o para utilizarlas en ocasiones donde ésta no sea posible por la distancia física. No obstante, es necesario volver a una práctica donde la profesora pueda observar al alumnado (y no al revés) desde distintos ángulos, y corregir o dirigir la clase de la manera que considere oportuna, adaptándola a cada momento y transmitiendo de manera directa, sin pantallas de por medio, la calma necesaria para graduar la intensidad de dicha práctica.
Y como siempre, hablo del yoga y hablo de la vida. Esto lo podemos trasladar a distintos ámbitos del día a día, en la oficina, el comercio, la administración pública, etc.
Compartir un mismo espacio en presencia, y combinarlo con online cuando se requiera, hace que todo fluya de una manera más humana, menos mecánica. Es curioso cómo los problemas que nos generan más frustración suelen ser de tipo informático en la mayoría de los casos. Tengo varias anécdotas al respecto que dejaré para otra ocasión. Nadie nos contó que tratar con la máquina fuera tan insustancial rozando el absurdo en tantas ocasiones.
La presencialidad además fomenta la creatividad más auténtica, aquella que nos ha hecho evolucionar a través de los siglos como especie.
A través de la presencia, el ser humano se comunica de manera genuina mediante los sentidos y experimenta la realidad sin que esté mediada ni medida por una pantalla, donde siempre la capacidad de comunicación queda limitada. Experimentar el contacto humano en un espacio real, donde somos de carne y hueso, no combinaciones binarias, ni paletas de colores, ni patrones determinados, ni una imagen que vale menos que media palabra.
Ningún algoritmo podrá comprender que el ser humano es imprevisible cuando decide actuar con libertad, por supuesto la verdadera libertad que implica responsabilidad y que está al alcance de todas porque empieza por una misma, mirando hacia dentro, no hacia afuera, y por supuesto no es libertad aquella que nos repiten en el eslogan de turno. Ningún algoritmo entenderá por qué hoy me apetece pasar el día lejos de la pantalla del ordenador o del móvil, al aire libre, disfrutando de mi propia compañía, o de la de mi gente, en vez de estar contribuyendo a generar ingentes cantidades de datos almacenados en enormes computadoras a kilómetros de distancia. Qué pereza, ya veis, hasta lo virtual necesita de lo físico.
Ningún algoritmo entenderá el momento en que las personas decidimos comenzar a fomentar una economía justa, apoyando el autoempleo, la pequeña empresa, el comercio local y de proximidad. Huyendo de franquicias y economías de escala que cada vez nos empobrecen más, en todos los sentidos, y que además están destruyendo el planeta a pasos agigantados. Se necesita por supuesto responsabilidad en el consumo, cada pequeña decisión cuenta.
Ningún algoritmo entenderá lo importante que es un trato personal y personalizado cuando implica una mirada, una sonrisa, una conversación espontánea, un chiste inesperado. Ese tipo de gestos son de un valor incalculable que ningún KPI podrá medir jamás de manera fiable.
Personas reales haciendo cosas en el mundo real, no en el virtual, eso es lo que este mundo necesita ahora más que nunca.
El contacto humano es esencial, primario y primordial, y lo virtual es, y siempre será secundario.
Actuemos en consecuencia, tu salud mental y la de los tuyos te lo agradecerá 😉

